jueves, 6 de febrero de 2014
El Creyente Verdadero
En los países donde desde hace siglos el cristianismo es la religión de la mayoría de los ciudadanos, basta con nacer en una familia católica o protestante y haber sido bautizado para llamarse cristiano. Así, para muchos, ese nombre corre el riesgo de perder su verdadero significado: ser discípulo de Cristo.
No ocurría así al principio de la era cristiana. «Uno no nace cristiano, sino que se vuelve cristiano», afirmó Tertuliano en el segundo siglo. Sólo los que se convertían a la doctrina de Cristo, después de haber oído el Evangelio, eran introducidos en la Iglesia (Hechos 2:41). Esos cristianos salidos del judaísmo, paganismo o ateísmo mediante una auténtica conversión, mostraban a sus contemporáneos un total cambio de vida. Originalmente el cristianismo no era una simple etiqueta exterior, la insignia de una determinada cultura o la observancia de nuevos ritos, sino una nueva vida.
Hoy en día, debido a un alejamiento progresivo de la verdad del Evangelio, muchos se atribuyen el nombre de cristianos, incluso sin poseer la vida de Dios que está en su Hijo Jesucristo (1ª Juan 5:11).
El mensaje de Jesús a Nicodemo es claro: “Os es necesario nacer de nuevo” (Juan 3:7). Nacer de nuevo, tener la vida divina, significa haberse reconocido pecador ante Dios y saber que se es salvo por la obra de Jesucristo crucificado. De otro modo, Dios pedirá cuentas por haber usurpado el título de cristiano.
Leído en www.amen-amen.net
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